BUEN DÍA A TODOS Y TODAS

NECESIDAD DE UNA NUEVA CULTURA EDUCATIVA

(Extractos de la ponencia ofrecida en CERPE el 18 de abril de 2007)

Por Antonio Pérez Esclarín

Eduardo Galeano nos recuerda la historia, que es también de Mario Benedetti, de aquel hombre y aquella mujer que, fascinados por ese paisaje de colorido y luz que veían brotar ante sus ojos, se dijeron fascinados: "Vamos a buscar el horizonte". Caminaban y caminaban, y a medida que avanzaban, el horizonte se iba alejando de ellos. Decidieron apresurar sus pasos, no detenerse ni un momento, desoír los gritos del cansancio, el hambre, la sed...Inútil, por mucho que aceleraron la marcha y multiplicaron sus esfuerzos, el horizonte seguía igualmente lejano, inalcanzable. Cansados y decepcionados, con los pies destrozados de tanto andar y ante el vértigo de la sensación de haberse fatigado inútilmente, se tumbaron sobre el piso y se dijeron derrotados: "¿Para qué nos sirve el horizonte si nunca vamos a alcanzarlo?" Y oyeron una voz que les decía: "¡Para que sigan caminando!"

En educación, como en la vida, no hay camino hecho, se hace camino al andar. Muchos piensan que el camino ya está hecho y se lanzan a recorrerlo rutinariamente: programas, clases, evaluaciones, notas...Se suceden los cursos y los años siempre iguales. La gran tragedia de la educación es pensar que educar es recorrer rutinariamente caminos trazados por otros y no inventar caminos nuevos. La rutina crea la ilusión de que se camina, pero es un movimiento que, si bien se presenta como fácil, nos va alejando de la meta porque nos va desalmando, nos va agusanando el corazón, nos hace perder el entusiasmo, lleva a convencernos de que no existe horizonte alguno.

Otros hablan de la necesidad de buscar caminos nuevos, de que ya no sirven los viejos, pero se quedan instalados en sus seguridades, hablando del camino, en lugar de ponerse a trazarlo. Tal vez, cambian sus palabras, asimilan el discurso de los cambios, pero siguen enquistados en las viejas prácticas, rituales y rutinas, que con frecuencia les llevan en dirección opuesta a la que dicen quieren ir o están yendo. Olvidan la pedagogía, esa necesaria reflexión de la práctica para adecuarla a las intencionalidades, para que el hacer pedagógico sea coherente con los fines y las metas, para convencerse de una vez que los frutos que queremos recoger deben estar ya implícitos en la semilla, que es imposible educar para, si no educamos en y para la participación, en y para la creatividad, en y para la libertad, en y para la convivencia...

Hay quienes confunden el camino con las superautopistas que nos brindan las nuevas tecnologías y piensan que si ponemos computadoras e Internet en las escuelas y si incorporamos a las aulas el powerpoint y el videobim, ya tenemos resuelto el problema educativo. Ignoran que las nuevas tecnologías son sólo medios que debemos saber aprovechar, pero que ciertamente no nos van a librar del esfuerzo de "hacer camino".

Otros confunden el camino con el mapa: gastan sus energías en elaborar una maravillosa planificación estratégica, con su misión y su visión perfectamente redactadas, en la que plantean su proyecto educativo, especificando objetivos y estrategias, pero el proyecto queda ahí, en el papel, no pone a caminar el centro educativo en un movimiento innovador, consciente y reflexivo, no desrutiniza las prácticas, no enseña a desaprender, no genera participación, investigación, entusiasmo, cooperación.

Tan negativo es no tener o haber perdido el horizonte como pensar que ya hemos llegado a él o peor, creer que somos el horizonte. La autocomplacencia impide avanzar. El único modo de conseguir el horizonte es seguirlo buscando, porque la meta no está al final del camino, sino que consiste precisamente en seguir caminando y buscando siempre, en no claudicar, en administrar la esperanza y seguir fieles en la búsqueda de una educación siempre renovada. Esto exige vivir en estado de éxodo. Cada día exige sus rupturas con prácticas acomodadas, rutinas, hábitos... Supone que los educadores se asuman como constructores de caminos y no como dadores de programas y caminadores de sendas abiertas por otros; como protagonistas de los cambios necesarios, como investigadores en la cotidianidad de las aulas y escuelas, lo que sólo es posible si se hace de la reflexión permanente, de la pregunta, del diálogo de saberes, una práctica habitual, si cada uno se asume más como aprendiz que como docente (Sólo podrá enseñar el que tiene hambre de aprender), lo que supone humildad, un estado de insatisfacción permanente y sobre todo disfrute: El educador es una persona que goza con lo que hace, que acude con ilusión, "con el corazón maquillado de alegría", a la tarea diaria, porque asume la transcendencia de su misión, porque se siente educador, maestro, no por obligación, sino por vocación, y entiende que toda genuina educación supone una propuesta ética, política y pedagógica para la transformación.

Este caminar haciendo camino no puede ignorar el contexto tanto nacional como mundial, donde cada día resulta más y más difícil educar (polarización, desencuentro, incoherencias, sobrecalentamiento retórico, miedo, renuncia de los padres a asumirse como los primeros y principales educadores, relativismo ético, consumismo, violencia, mediocridad, vida light, fe que no se traduce en un compromiso de vida, sobreinformación que asfixia el pensamiento...)

Este hacer camino al andar, este permanente desaprender, esta conversión, supone que debe ser:

Un caminar colectivo. Todos somos necesarios en actitud de búsqueda. Abrir caminos conlleva siempre la aventura y el riesgo de equivocación y de pérdida, pero son aventuras y riesgos de aprendizaje creativo y emancipador. "El que cambia, puede equivocarse. El que no cambia, vive equivocado". Existir es cambiar. Cerrarse al cambio es darle la espalda a la vida.

Un caminar lleno de ilusión y de esperanza. Es imposible educar sin esperanza. El desencanto, como el miedo, es falta de fe. Para la fe realmente evangélica, enraizada en la paradoja de la cruz, el fracaso no existe; no puede existir el desencanto. Moltman afirma que "la esperanza es el centro de la fe cristiana", y Gabriel Marcel decía que la "esperanza es la tela de la que está hecha nuestra alma". Pasar del desencanto al re-encanto. ¡Otro mundo es posible! ¡Otro país es posible! ¡Otra educación es posible! ¡Otro colegio es posible! La educación no puede ser meramente un medio de ganarse la vida, sino que tiene que convertirse y ser un medio para ganar a la vida a los demás, para provocar ganas de vivir con sentido y con proyecto.

Esperanza crítica, no ingenua, que necesita del compromiso y sobre todo del testimonio coherente para hacerse historia concreta. El Derecho a soñar no aparece en la Declaración de los Derechos Humanos, pero sin este derecho y sin el agua que da de beber a los otros, todos los demás derechos se morirían de sed. Soñemos que es posible una educación distinta, una Venezuela fraternal, un mundo humano y humanizador y hagamos del sueño un proyecto de vida.


Actividad: Escriban su opinión en relación al tema tratado en este artículo del Doctor en Filosofía  Antonio Pérez Esclarín.

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